A Maximiliano el carcelazo lo atacó algunas veces. En esos años, la sensación de ser un desecho con la vida arruinada, sin más opción que pudrirse adentro, le quitaba el sueño y hacía sus días interminables y monótonos.

CIUDAD DE MÉXICO, 9 de Marzo de 2018 (BALÓN CUADRADO / AMPRYT).- Esta no es una historia de boxeo convencional, con un aspirante a campeón que lucha por conseguir un cinturón gigantesco y cuyo clímax es ganar carretadas de dólares. No, en esta pelea lo que se gana es autoestima, volver a creer en uno mismo; sanar heridas. Así resume su experiencia Maximiliano Guzmán, joven espigado de 24 años que vivió encerrado los seis recientes en el penal de Atlacholoaya, Morelos, donde el boxeo fue el túnel de escape para evadir el encierro y esa desesperación que asalta de repente, como si los muros de la prisión se contrajeran hasta ahogarlo, el carcelazo, como lo llaman en el argot penitenciario.

A Maximiliano el carcelazo lo atacó algunas veces. En esos años, la sensación de ser un desecho con la vida arruinada, sin más opción que pudrirse adentro, le quitaba el sueño y hacía sus días interminables y monótonos.

Empezó a boxear para engañar a la mente, al cuerpo y al encierro. Lo hacía con un puñado de internos casi sin equipo; el poco que tenían estaba en condiciones desastrosas. Un programa en el penal le cambió la vida. Se trataba de utilizar el boxeo para restituir la digni-dad, para crear lazos de comu-nidad, reparar todo el entramado emocional hecho añicos por el sistema penitenciario.

Cuando llegó el programa Ring al penal nos trajeron equipo suficiente y nuevo, recuerda Maximiliano; peras, guantes, gobernadoras, costales; muchos se interesaron, entonces el boxeo empezó a tener mucho impacto, muchos internos empezaron a sumarse.

A diferencia de otras actividades deportivas en el penal, como el futbol o el basquetbol, el boxeo les exigía una suerte de compromiso total. Era la actividad perfecta para estar concentrado todo el tiempo en uno mismo, en los demás.

“Nosotros entrenábamos diario, aunque no tuviéramos programados combates, pero cuando se organizaban torneos, nos comprometíamos todavía más, recuerda Maximiliano; ya no éramos desechos, sino pugilistas, algunos empezamos a descubrir que incluso teníamos talento.

El cambio que operó en la comunidad del penal fue asombroso –recuerda– algunos internos no sólo querían participar, sino que sus familias los miraran de otra forma. Los que eran padres de familia pidieron que les permitieran sesiones para entrenar a sus propios hijos los días de visita.

Hubo una función inolvidable para Maximiliano. Al penal llegaron boxeadores amateurs que venían de afuera. Los internos sellaron sus vínculos bajo la denominación de los de adentro, establecidos los equipos en competencia, para los reclusos se volvió un reto y un asunto de orgullo enfrentar a jóvenes con mayor trayectoria y fogueo.

Y gané, ataja Maximiliano sin ocultar la emoción; fue difícil; terminé con un ojo morado, una oreja hinchada y la nariz llena de sangre, pero cuando me trajeron el trofeo y me alzaron la mano, ¡carajo! Me sentí tan bien conmigo mismo, tan orgulloso, que esa emoción la traigo hasta hoy.

Lo dice dos meses después de que recuperó su libertad. Justo el día en que, junto con funcionarios y especialistas en derechos humanos, presenta en el Museo Rufino Tamayo el libro Ring: boxeando por la reinserción, donde se exponen los pormenores de este experimento social que aspira a convertirse en política pública, explica Eunice Rendón, quien está detrás del proyecto en colaboración con el Consejo Mundial de Boxeo.

 

 

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