De lo sublime a lo ridículo

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Nuestro fútbol es una empresa exitosa y de alta comercialización, profesionalizada, pero la estructura de atención al público y el desarrollo deportivo siguen siendo limitados.

Por Daniel Velázquez Ramírez    

El verano de 2011 será recordado por la gran cantidad de competencias internacionales en que participaron diversas selecciones nacionales mexicanas: Mundial Sub-17, Mundial Sub-20, Mundial Femenil, Mundial de Fútbol de Playa, Copa Oro y Copa América. Incluso los jugadores de los clubes que forman la Primera División tuvieron oportunidades de lucir en torneos con amplia cobertura periodística sin ser siquiera titulares en sus equipos. Algunos pertenecen a clubes europeos, tienen pocos minutos de juego, pero en las selecciones son la base de los planteamientos de los técnicos en turno.

Se ha iniciado una época que debe concluir en el Mundial de Brasil en 2014 para la selección mayor, pasando por las usualmente arduas eliminatorias en CONCACAF a partir del próximo año. La alta exposición en los medios de comunicación masiva y el consecuente interés comercial de los patrocinadores nacionales y de Estados Unidos han sido aprovechados por los administradores profesionales de la FEMEXFUT para establecer al fútbol como una empresa altamente rentable. Se dice que los ingresos que genera la Selección Mayor aportan ganancias tales que permiten mantener las preparaciones y torneos de todas las demás.

Por otra parte, luego de un mal sabor de boca deportivo provocado en el Mundial de Sudáfrica en 2010, con un empate ante el local, un triunfo ante Francia y dos derrotas ante rivales sudamericanos, existía la duda de la reacción del público ante las actuaciones de los diversos seleccionados. Y entonces ¡sorpresa!, la selección sub-17, dirigida por el potro Raúl Gutiérrez, tiene un inicio tambaleante que le dura unos minutos, luego aprovecha momentos de suerte y errores arbitrales para acabar convertido en un equipo invencible y agradable, que pasa heroicamente ante Alemania en semifinales y vence en la final a Uruguay.

Entre el júbilo popular y la enorme inyección mediática, el mundial fue un éxito en entradas, aunque de todos modos se reportó como sin ganancias económicas. Se aplicaron algunas normas de seguridad de FIFA, como rampas de las tribunas hacia la cancha, pero para los asistentes a la doble jornada final en el Estadio Azteca fue evidente que no se piensa en la comodidad del público. El estacionamiento es insuficiente, los encargados cierran las rejas casi sobre los autos sin ningún tipo de prevención, los vecinos alquilan los patios de sus casas como estacionamientos temporales. Es preciso reiterar que los autos quedan dentro de las casas, ya que sobre las calles aledañas al Coloso de Santa Úrsula, suelen darse operativos "de emergencia" de la Secretaría de Protección y Vialidad precisamente los días de partido, a pesar de no existir los señalamientos correspondientes. Sigue el trato comercial irregular con los vecinos, acomodo en lo posible y larga caminata al estadio, luego de bendecir la propiedad móvil. Revisión tipo retén militar donde se quedan objetos como periódicos, máscaras y algunos cinturones, a pesar de que los grupos de animación pasan hasta juegos pirotécnicos y bebidas embriagantes.

Dentro, ha sido adecuado el tener lugares numerados (aunque los mejores siempre están en la reventa), con la salvedad de que la suerte puede provocar que toquen lugares inundados o semi destruidos, sin olvidar que el diseño de las tribunas no es idóneo para no tener bloqueos visuales o comodidad. Se compra comida chatarra directamente en los asientos, provocando la socialización en cadena de pagos, cambios y distribución.

En una final de Mundial y con un afamado estadio lleno, toda la parte oriente de la sección preferente, unas 10 mil personas, tuvieron acceso a un solo baño ubicado en un túnel de concreto obstruido parcialmente por hieleras oxidadas, mercancía para venta y basura. Así que las filas para entrar a los sanitarios, tanto de hombres como de mujeres, no duraban menos de media hora entre empujones, coros con tintes de comicidad, niños con padres angustiados, masajes y ausencia de orden. La relativa civilidad de la gente evitó una tragedia en ese túnel, pero dejó de aparecer al caer los goles: lluvia de diversos líquidos, objetos que caen desde zonas altas convertidos en proyectiles que causan, al menos, contusiones. La salida, bajo la lluvia y con tránsito sin apoyo de las autoridades, fue la culminación de un drama muy conocido por los aficionados. El hecho de manifestar lo que viven los fanáticos y la prensa no suele conocer por el privilegio de las acreditaciones, pretende establecer la incongruencia de querer tener un fútbol de primer mundo, un espectáculo completo, con servicios francamente de tercera clase.

Luego de los acontecimientos en Torreón, los de León y las declaraciones de la FEMEXFUT en relación a la obligatoriedad de eliminar las rejas en los estadios, es preciso revisar que los servicios sean acordes a eventos deportivos que suelen ser masivos, plenos de pasiones y faltos de orden. Es proverbial el dominio impune de franeleros y revendedores en el Estadio Azul, de los grupos de vándalos en Ciudad Universitaria, que además se coluden con los empleados que revisan las entradas para prácticamente asaltar a los aficionados de los equipos visitantes (a veces hasta a familias pumas) a los que se acercan pidiendo "cooperación" y, cuando el incauto baja la vista, es despojado de banderas, sombreros, bufandas o algún otro objeto fácilmente desprendible. Ni qué decir del comportamiento especialmente vulgar y violento de las barras pagadas por clubes como el América. ¿Qué tiene que pasar para realmente permitir que asistir al fútbol sea como hacerlo a otro espectáculo de buen nivel? ¿Para quién es imaginable que ese tipo de servicios se presenten en el fútbol español o en la NFL, en el Santiago Bernabéu, el Nou Camp o el Cowboys Stadium?

Ese tipo de cosas, además de escándalos locales como la fiesta de los seleccionados en Monterrey, porque de visitantes se puede discutir la incongruencia de un reglamento de selecciones demasiado puritano, con respecto al comportamiento preferido por nuestros incontrolables y poco educados jóvenes. ¿Qué prefiere platicar con sus amigos un jugador como Marco Fabián respecto a un torneo o una gira en Sudamérica? ¿Qué participó en triunfos y derrotas del equipo nacional o que tuvo encuentros sexuales en varios países, aunque requirió pagar por ellos?

Si a esa múltiple moral se une la exigencia de resultados como si fuéramos potencia mundial, es evidente que ser el último lugar en la Copa América fue un rotundo fracaso, agravado por un planteamiento medroso cuyo objetivo era no ser goleados, lo que sí se logró. Con la misma propuesta hubo un poco de suerte en el Mundial sub-20 en Colombia, donde se eliminó al local y se alcanzó un aceptable tercer sitio. Ahora ese grupo es la base para los Panamericanos de Guadalajara del mes próximo y la eliminatoria olímpica en febrero.

Las féminas, el grupo con menor apoyo real y sin liga local aceptable, calificaron al Mundial en Alemania, pero perdieron su oportunidad al ser goleadas por Japón.

Los representantes mexicanos en el Mundial de Playa también fueron goleados por el mejor equipo de la especialidad, Brasil, pero pudieron pasar a la siguiente ronda, donde fueron eliminados por el nada playero equipo ruso.

Los mejores resultados han sido los de la selección mayor, ganando la Copa de Oro con pocas complicaciones en las primeras rondas y recuperándose brillantemente en la final ante Estados Unidos. A la fecha tienen 15 juegos invictos y enfrentarán a Brasil en el candente Torreón el mes próximo. Las verdaderas pruebas para ese conjunto se iniciarán a partir de julio del 2012 con las eliminatorias mundialistas.

2011 nos ha mostrado varias caras para el equipo tricolor, capaz de alcanzar hazañas deportivas propias de su nivel y vergüenzas atléticas y extra cancha de corte histórico. Volvió el gigante de la CONCACAF, pero los pies de barro que lo sostienen son evidentes en muchos aspectos, especialmente en la atención a ese público que mantiene toda la infraestructura comercial y en la endeble educación atlética de nuestros futbolistas. Por tanto, los resultados son imprevisibles, con posibilidades de alcanzar lo sublime, pero con mayores probabilidades de evidenciar lo ridículo.

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