cronicando

Cronotopías V

V-XV

Manejabas por la vieja carretera México-Puebla. El Súper Bee se desplazaba con dificultad por las cerradas curvas, pero tú te creías el chinguetas, el puedelastodo, valiéndote madre, y cantabas tu canción amarra un listón al viejo roble, manejando el volante con la mano izquierda, mientras la derecha exploraba las piernas velluditas de Lucinda. Qué feliz eras, tus carcajadas inundaban el habitáculo y no dejabas de beber de la cerveza Indio, que me cai que es una chela bien neta, cualquier alemana se la pela, te lo juro. Lucinda te seguía el juego, pero en su fuero interno tenía miedo. Quizá por ello también bebía grandes sorbos de la Indio, y quería gritar como tú, ser feliz como tú, morir como tú.

¿Cuántas veces recorriste la vieja carretera? Siempre que tu auto tomaba las imposibles curvas, te decías, nos decías, que te recordaba champs elyses, donde nunca habías estado, y te maravillaba la variedad de pinos, el olor de yerba, el juego de contraluces que la luz solar provocaba al filtrarse por entre las copas de los árboles. Ahhh, era maravilloso, aunque siempre fugaz. Tu meta siempre era la misma: Río Frío, y luego el retorno a la pesadez de las arterias civiles. Pero siempre habría un periplo sin retorno. Siempre habría un más allá que te impediría volver. Acaso ya tenías tu plan perfecto.

¿Lucinda también tendría su plan irrevocable y minucioso? Sólo así se explicaba su repentina locura, su súbita desaparición intelectual.

Yo los miraba a los dos. Qué contagio de risas falsas y felicidad putativa. Y hubiera querido decir a los dos que los amaba, que eran la familia elegida, la que por voto unánime tomó el poder en mi corazón. Pero fuere porque nunca fui bueno para expresar mis sentimientos; fuera por una idea egoísta y reprimida, siempre callé, siempre, hasta el día fatal.

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Cronotopías IV

IV-XV

Por Alfredo Martínez R.

Desde una ventana de Rectoría la viste llegar. Traía puesto su peplo veracruzano y te dio gusto que su caminar no denotara sobresaltos ni preocupaciones; más bien dejaba entrever una sutil armonía. En la amplia explanada, con las grandes escalinatas a todas luces prehispánicas, te la imaginaste como una princesa meshica. ¡Puta madre, qué loco, mi princesa tlatelolca y yo muy guerrero jaguar!

Había reunión, habría reunión, y ahí estarían todos: Eleazar Guevara, Tony Ornelas, Lulú Menchaca, Miguel Espíndola y Lola Hernández. Puta, qué güeva. Otra vez lo mismo: Kant, Heidegger, Spinoza, Marx, Lenin, un mundo... Si de menos aderezáramos con Genet y Nina Simone...

Pero le consolaba la idea de ver a Lucinda, después un café, luego el departamento de ella, algo de música, nada especial, quizá Elis Regina, o bien una lectura a dúo de Yannis Ritzos, ahí "en el rincón, donde te desnudaste/ una noche". De modo que se apresuró para alcanzar a Lucinda. Hola, amor, ¿todo bien? Sí, qué bueno; yo aquí, encerrado en mi torre, inventando que invento, ya sabes, boletines para la prensa. Muy loco.

Cogió a Luncinda del brazo y se encaminaron a Ciencias Políticas, al archimanoseado auditorio Che Guevara, de tu querida presencia, comandante. Y ahí estaban todos, ya listos para iniciar la discusión. Pero fue Eleazar el que propuso que no hubiera sesión. Mejor vamos a cotorrear por ahí, no sé, pero ni bares ni lugares acá, cultos ¿no?, digo, algo así como un escape, un reventón muy de chavos, que se vaya a la chingada Gramci y Agnes Heller, bueno, lo que quiero decir es que dejemos el caminito, la rutina, y vámonos por ahí, sin más...

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Cronotopías III

III-XV

Por Alfredo Martínez R.

Cántame una canción, una canción que hable del mar y las sirenas, una canción donde sea yo la heroína y tú el villano, así debe ser, y donde se escuchen violines y flautas y sienta sobre el rostro el golpe del viento, donde tu voz se desmorone poco a poco, hasta desparecer, y sólo quede un ulular, apenas un quejido, suave, casi inaudible,

un punto sonoro donde pueda concentrar todo lo que somos, lo que nos pertenece y lo que se nos niega, un punto que sea entrada y salida, escape y encuentro, ahí donde podamos rematar el amor con orgasmos múltiples e interminables, así cántame, así debe ser, y yo te escucharé con devoción de pecadora, con la atención de niña que aprende sus primeras letras,

y en cada tonada tuya abriré los brazos al cielo, surcaré los océanos, remontaré en vuelos las montañas, siempre en busca de ti, de lo que somos y que no acertamos a descifrar, porque una canción así necesariamente debe interpretarnos, revelarnos, descubrirnos a nosotros mismos, con una claridad que nos transparente y nos invite a aceptar la realidad que somos, que nos implica, que nos complica y mezcla irremediablemente, minuciosamente,

como cuando estamos desnudos y nos miramos simplemente y nos sentimos felices de pertenecernos, de ser el uno para el otro, instante siempre fugitivo, siempre transitorio, porque nada perdura y todo se nos va de las manos, porque así es la vida, un eterno préstamo, una canción que se termina, pero una canción al fin, porque tuvo canto, porque existió quién la interpretara, por eso quiero que me cantes, que tu voz vaya diciendo lentamente nuestra historia, la tuya de marino sin puerto, la mía de sirena sin canto.

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Cronotopías II

II -XV

Por Alfredo Martínez R.

Lucinda cerró los ojos, aspiró profundamente y retuvo el humo de la yerba casi hasta la regurgitación. Luego habría dicho qué poca madre, ni se siente nada, sólo molestias en la garganta. Y Rafael sonrió. Pinche chavita, todavía no sabe lo que es la vida.

En el aparato japonés sonaba Vangelis. Carajo, siempre Vangelis, ¿qué no sabes escuchar otra cosa, Rafael? Pero él no contestó, estaba concentrado en la música, se montaba en cada nota y cabalgaba por el viento; más lejos aún: por calzadas siderales, entre planetas obscuros y raudos cometas. Y creía comprender el discurso de Vangelis, lo que el músico declaraba en su odisea. Minuciosamente huroneaba en cavernas espaciales, muy a lo Kubrick.

Vagamente, Lucinda escuchó la voz de Rafael que le decía: clávate, pon tu mente en la música y déjate ir. Pero la voz le llegó de muy lejos. Luego creyó que la música se hacía más nítida y que cada sonido le hablaba como en una conversación de persona a persona. Y le dio la mano a Rafael.

Ahí se quedaron, hasta que sintieron frío, sed, amor...

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Cronotopías

 I-XV

Por Alfredo Martínez R.

porlaverdeveredaIba por la vereda tropical, con sus huaraches comprados en Huautla, cuando fue a conocer a la Sabia de los Hongos, y una canción muy bitlera le retumbaba en la mente: todo lo que necesitas es amor o déjalo ser o el submarino amarillo o todas juntas en un mezcla que únicamente tenía sentido para él, y no le importaba que la gente que se cruzaba a su paso le lanzara miradas de curiosidad y de sorna e incluso alguna de desprecio:

él vivía como quería, disfrutaba la vida según sus conceptos personales extraídos de sesudas lecturas a Herbert Marcuse, a maese Octavio Paz, a Albert Camus, Jean Paul Sartre y otro tanto de intelectuales que según él ilustraban a la perfección La Gran Mierda del vetusto siglo XX, y seguía su paso despreocupadamente: saboreaba la dulce incuria en la que a veces cae un aspirante a poeta, un perenne aspirante al carmen, el eterno vate que desconocía los ordenadores y las notebook y que bajo el brazo cargaba (como una parte más de su cuerpo) cincuenta, cien hojas ya amarillentas, carcomidas de los filos, en las que había plasmado su opus nigrum poetical, donde estaba casi toda su vida, lo esencial, lo nutricio:

pura filosofía, pues, arrancada con sangre a la cotidianeidad, a fuerza de denigrar su espíritu y de socavar su cuerpo, el pinche cuerpo que no servía sino para perecer y en ocasiones, muy contadas, para proporcionarle un poco de gozo, como cuando conoció a Lucinda, la de las piernas velluditas, la pura neta de las musas y el plus ultra de la inspiración, a quien con un beso horadó como en un ritual erótico que recordaba la fundación de Sumeria o el rapto de Helena por Paris y por quien se desató la Guerra de Troya, a quien amó sin más, a quien le entregó su todo: su sensibilidad, su conocimiento de la cocina prehispánica, su gusto por Paul, John, George y Ringo, a quien le develó los misterios sagrados de la mota y con quien compartió una noche cosmogónica con María Sabina, precisamente en Huautla, la Sierra Mazateca, ahí donde Gordon Wasson supiera que la mezcalina no es una droga para pendejos sino un pasaje a lo fundamental, la forma verdadera para estar entre los brazos de Dios,

y así avanzaba por la vereda tropical, como arrullado por los niñitos sagrados, con la canción de imagina entre la comisura de los labios, con sueños que devenían en alucinación, pequeños infiernos sin embargo que no eran comparables con la pérdida de ella, su numen, su diosa en su transparente peplo y por quien desató batallas reales y contra molinos de viento, y era precisamente ahora, al caminar por la verde vereda tropical, con la brisa salobre pegándole en el rostro, que notaba con brillantez su ausencia, que era como un hueco, como un hoyo negro que todo se iba tragando insaciable, inefablemente y que al final sería el desencadenante de su personal Big Crush, la descomposición elemental, y se sintió como el Robinson de Michel Tournier, o en el absurdo existir de El Extranjero de Camus, y claro que nada tenía sentido ni lógica, sólo un azar preciso lo conducía, por eso se explicaba su presencia en Paraíso, ahí en Tabasco, él que odiaba el trópico y sus bochornos, el mar y los bohíos,

él todo citadino que prefería mil veces pasear por la calzada México-Tacuba que por ese sendero de cocotales y mosquitos nosferatus desde donde se divisaba con claridad el mar abierto y su salvaje poderío, su natural capacidad de destrucción y su don intrínseco de la vida, para la vida, por la biovida, pero se dejaba ir, sus pasos eran conducentes y su pensamiento una veleta a la deriva en la inmensidad del Atlántico, aunque de ninguna manera hubiera deseado estar en la Ciudad de México dando un paseo por Bolívar y sus catedrales a Baco ni admirando el Barroco de la calle Madero ni saboreando un café en la terraza del Gran Hotel, desde donde dominaba, cuando asistía con Lucinda, el espacio ceremonial de la plancha del Zócalo, ahí desde donde aún emana memoria colectiva y ritos paganos, él más bien estaba si no feliz sí despreocupado de caminar por la verde vereda del trópico tabasqueño, yendo hacia ninguna parte, sin la necesidad de ser ni parecer, difuminándose, como un barco en algún filme de Fellini...

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