Cronotopías V

V-XV

Manejabas por la vieja carretera México-Puebla. El Súper Bee se desplazaba con dificultad por las cerradas curvas, pero tú te creías el chinguetas, el puedelastodo, valiéndote madre, y cantabas tu canción amarra un listón al viejo roble, manejando el volante con la mano izquierda, mientras la derecha exploraba las piernas velluditas de Lucinda. Qué feliz eras, tus carcajadas inundaban el habitáculo y no dejabas de beber de la cerveza Indio, que me cai que es una chela bien neta, cualquier alemana se la pela, te lo juro. Lucinda te seguía el juego, pero en su fuero interno tenía miedo. Quizá por ello también bebía grandes sorbos de la Indio, y quería gritar como tú, ser feliz como tú, morir como tú.

¿Cuántas veces recorriste la vieja carretera? Siempre que tu auto tomaba las imposibles curvas, te decías, nos decías, que te recordaba champs elyses, donde nunca habías estado, y te maravillaba la variedad de pinos, el olor de yerba, el juego de contraluces que la luz solar provocaba al filtrarse por entre las copas de los árboles. Ahhh, era maravilloso, aunque siempre fugaz. Tu meta siempre era la misma: Río Frío, y luego el retorno a la pesadez de las arterias civiles. Pero siempre habría un periplo sin retorno. Siempre habría un más allá que te impediría volver. Acaso ya tenías tu plan perfecto.

¿Lucinda también tendría su plan irrevocable y minucioso? Sólo así se explicaba su repentina locura, su súbita desaparición intelectual.

Yo los miraba a los dos. Qué contagio de risas falsas y felicidad putativa. Y hubiera querido decir a los dos que los amaba, que eran la familia elegida, la que por voto unánime tomó el poder en mi corazón. Pero fuere porque nunca fui bueno para expresar mis sentimientos; fuera por una idea egoísta y reprimida, siempre callé, siempre, hasta el día fatal.

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