Nelson Vargas y la grandiosa insignificancia de una uva pasa

Nelson Vargas y la grandiosa insignificancia de una uva pasa

+Empacador de pasitas a exitoso empresario deportivo

+Compartió su vida laboral de 60 años con alumnos de la Universidad La Salle

+”No soy conferencista” profesional, advirtió a los estudiantes en su charla Más Aciertos que Errores

Por Jesús Yáñez

Ciudad de México, 31 de agosto (BALÓN CUADRADO).- Irreverente, lépero, bromista, apasionado, voz rasposa, y con la advertencia de que no era conferencista “profesional”  Nelson Vargas Basáñez, 76 años de edad, resumió en 90 minutos, a un grupo de universitarios, su vida de exitoso empresario del deporte que se catapultó hace 50 años, como miembro del equipo de entrenadores –encabezados por el estadounidense Ronald Johnson– de Felipe Muñoz Kapamás, El Tibio, aún adolescente, histórico ganador de medalla de oro en natación en la Olimpiada de 1968. Fue un 22 de octubre.

Medio siglo de la hazaña que se ha ido como suspiro y que fundió a una nación y que Vargas rememoró mediante un video. Demostró cómo se puede ser hijo natural de la cultura del esfuerzo. Son 50 años de la Olimpiada del 68 y cuatro décadas de la fundación de su primera acuática. Dos aniversarios que marcaron su vida.

Pese a la aclaración de Vargas, sobre su falta de dominio discursivo, logró sinergia con los asistentes. Y porque, su edad no es una limitante. Mantiene inalterable la misma “pasión de amar” lo que hace.

“Estuvo chido”, “simpático, el profe”,  “Todavía tiene cuerda, Vargas”, algunos de los comentarios entre los 400 alumnos asistentes, sobre los pasillos de salida, al término  de la conferencia del Profesor, Más Aciertos que Errores, convocada por la Facultad de Negocios de La Universidad Salle, en el auditorio Adrián Gilbert. Llamó la atención la sinceridad de las juveniles palabras. Nunca impostadas. Se convirtieron en simbólicas medallas verbales de oro al pecho del empresario.

Su rostro se iluminó cuando narró, como corolario de la charla, que su vida laboral comenzó  en la adolescencia, como empacador de pasitas ‘California’. La anécdota está vívida y vivida en su pensamiento, como si fuera ayer.  Un millar –desde armar las cajitas e introducir el producto– representaban 20 pesos, explica con ademán de lo tortuoso que significaba esa labor.

Ahí descubrió su vena empresarial.

Llevó el trabajo a su casa e involucró a la tía, mamá,  abuela.  La empresa estaba a un lado de su casa en la calle de Tebas, 92, colonia Clavería, delegación Azcapotzalco, ciudad de México.

Vargas preguntó si alguno de los presentes conocía la marca de las pasitas a que hacía referencia. Nadie respondió.

Una sonrisa  desangelada en sus labios encendió su corazón.

De inmediato, José Ramón Barreiro Iglesias, director de la Facultad de Derecho, dio a varios estudiantes, a través de algunos colaboradores, una uva pasa. Pidió que la miraran y luego palparan. Solicitó que cerraran los ojos un  minuto, llevándolos al mundo de los sentidos –olores y texturas– que los hizo vibrar, palpitar y sentir la magnificencia de tan pequeño alimento y apreciar, luego la dulzura en su boca.

Las uvas pasas en la vida del Profesor, son el inicio de su vida laboral. Ese diminuto alimento le ayudó a sobrellevar las condiciones económicas de su hogar, contribuir a lo que requerían sus seres más cercanos más queridos. Pero, sobre todo, le enseñaron el primer significado del trabajo, tesón y el ahorro, tesoros que lo ha caracterizado a lo largo de su vida.

Cómo una grata insignificancia puede desencadenar algo grandioso… y glorioso en algunos momentos.

Enfundado en trabe azul claro, camisa blanca, sin corbata, zapatos y pantalón negros, hilos de plata en su cabeza,  no se cansa de reiterar –con quebranto en su voz  que, fugaz,  que por un momento suena metálica– que daría todos sus logros, fama y dinero, por la vida de su hija, Silvia, asesinada en 2007, luego de su secuestro, al sur de la ciudad de México.

En su tono victorioso subyace, fugaz, un sentimiento de derrota: la pérdida de “Silvita” como él la llama. Tuvo un barniz de autorreproche por algo que, quizá, hizo mal. Pero que guarda bajo siete llaves.

Vargas compartió  historias de éxito con estudiantes preparatorianos y licenciatura. Abordó temas como la importancia deporte en la vida de los jóvenes y la relevancia de la disciplina para llegar al éxito.

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Primero, como preámbulo, expuso los resultados alcanzados durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe Barranquilla 2018, él como uno de los delegados, en los que la México se coronó campeona de la zona, sin la participación de la aplanadora cubana, con un total de 341 medallas, de las que 132 doradas, 118 plateadas y 91 de bronce.

En este histórico triunfo, el equipo de natación, destacó Vargas, fue pieza importante al conseguir 43 preseas, 15 de oro, 18 de plata y 10 de bronce.

Después, compartió su experiencia como entrenador y empresario del deporte con fragmentos de su trabajo en el libro Más Aciertos que Errores. En él sintetizó una vida dedicada a la activación física en nuestro país.

Que le ha permitido, entre otras cosas, dirigir la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte, durante el sexenio de Vicente Fox –2000-2006–, tres veces premio nacional del Deporte, dueño de 18 acuáticas en el país, además de haber asistido a 10 juegos olímpicos como funcionario, comentarista en televisión, radio y prensa escrita. Fue maestro de educación física y practicó basquetbol.

“Echaron mucha crema a mi presentación”, dijo en referencia al vasto currículum que leyó el maestro de ceremonias.

Hubo un momento de hilaridad generalizada. Cuando narraba cómo había construido en 1978  la primera de sus 18 acuáticas, mostró una foto en la pantalla gigante del auditorio. Aparecía la maqueta, de Lindavista, rodeada de varios atletas, El Tibio, Guillermo Echeverría, Carlos Girón, y él, entre ellos.

–¿Saben dónde ganó Girón?  preguntó a los presentes.

–¡Atenas! lanzó una voz varonil anónima.

Espetó, cálido, Vargas:

–¿¡Atenas, güey!?: Moscú 1980: Ganó plata.

400 alumnos se fundieron en una carcajada que resonó en las paredes del auditorio Adrián Gilbert y taladró los oídos.

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